Dossier

Entre el software y el capital. Notas sobre el inicio de una vida profesional

Jorge Zepeda

IDEAS ALTERNATIVAS 3 - ABRIL-JUNIO 2026

La industria del software en México, y en particular en las empresas internacionales, se caracteriza entre otras razones por una elevada movilidad, una flexibilidad y una apertura al cambio poco comunes en el grueso de las empresas mexicanas. En este artículo el autor pasa revista por sus experiencias como becario de software en una importante empresa alemana, su decepción por el ambiente imperante y su percepción de la lógica económica ubicua en este tipo de empresas.

Código HTML y JavaScript con scripts y funciones resaltadas. Fotografiado por Martin Vorel. Cortesía de Wikimedia Commons.
Código HTML y JavaScript con scripts y funciones resaltadas. Fotografiado por Martin Vorel. Cortesía de Wikimedia Commons.

Preámbulo

En octubre de 2022 comencé mi vida profesional como becario de software en una importante empresa alemana del ámbito automotriz. Poco más de tres años después, es momento oportuno de regresar a esta primera experiencia laboral y, a medio camino entre la narración autobiográfica y la reflexión intelectual, señalar algunas constantes de la cultura laboral en empresas de talla global, así como las características inquietantes que allí se perciben.

La industria del software siempre ha sido una industria nueva, incipiente en México, al menos si se tiene en mente su hermana mayor —o, mejor dicho, su madre— en los países desarrollados, Estados Unidos en primer lugar, por ser nuestro vecino más cercano y por ser la nación que vio nacer —o que parió, para ser más exactos— a Silicon Valley, ese lugar abierto a toda experimentación tecnológica donde los individuos viven en el futuro. Industria nueva, emergente, dinámica, privada por excelencia, transnacional en los casos que más acaparan los reflectores públicos, la del software es la opción natural para los individuos que estudian en universidades privadas, individuos pertenecientes en su mayoría a una clase media globalizada, moderna, flexible, que percibe en la tecnología la quintaescencia de la modernidad y que, a manera de diferenciación del otro México —el México reacio a los procesos globalizadores, que no habla inglés, que gana difícilmente el salario mínimo— opta de manera automática por el camino aquí descrito, que por eso mismo no requiere explicación.

Los días y los hechos

Comencé mi vida profesional un lunes de octubre de 2022, día diecisiete del mes, a las 7:55 de la mañana para ser más precisos. Con una modesta mochila color negro, pantalones de mezclilla, botas campestres cafés marca Flexi, me presenté en la entrada de la planta, tal como se me había indicado. Proporcioné mis datos en la caseta de vigilancia y después de unos minutos me dejaron pasar. En la recepción, donde nos dio la bienvenida una persona de recursos humanos, se encontraban otras personas mayores a mí —treintañeros a juzgar por su apariencia— esperando también la inducción. Me senté en los sillones a esperar que nos llamaran. Llegaron otras dos personas que también iban a su primer día.

Después de invitarnos a desayunar al comedor —cortesía de la empresa— y de no haber comido casi nada —en momentos de marcada timidez o miedo lo último que apetezco son alimentos—, nos llevaron a una sala de juntas donde nos fueron presentando a diversas personas, desde la mujer de recursos humanos —me refiero a ella simplemente como la mujer de recursos humanos a falta de conocer su puesto o profesión—, pasando por la recepcionista y el paramédico, entre otras. De toda la información que nos proporcionaron se quedó conmigo la mención que hicieron al C-TPAT, el acuerdo contraterrorismo de váyase a saber qué organización internacional. Es en ese momento cuando me pregunté: ¿qué demonios me están diciendo sobre medidas contra el terrorismo si yo sólo quiero escribir código y mandar commits? Pregunta acaso premonitoria sobre mi ulterior decepción en el entorno. Volveré sobre ello más adelante.

A media mañana, en medio de la presentación aburrida —más de carácter corporativo y menos técnico— llegó a la sala un ingeniero preguntando por quien escribe estas líneas. Poco después supe que era el jefe de mi futuro mentor —quien era a su vez la persona que me entrevistó y me hizo las pruebas técnicas—. ¡Al fin me salvan de esta burocracia aburridísima! Se presentó conmigo, me presenté y nos dimos un apretón de manos. Me condujo enseguida al área donde iba a estar —en ambas acepciones del verbo estar: tanto el departamento de la empresa como el sitio físico del edificio— y allí se encontró con mi futuro mentor, de quien es jefe. Traía una computadora nueva que me informó era la asignada para el trabajo y me dijo que me sentara en uno de los lugares disponibles. Es en este momento, entre que regresa mi mentor y tengo tiempo de observar el entorno, cuando surge en mí la sensación de que algo no me convence, de que algo no es para mí. Minutos después regresa mi mentor con lo que le faltaba al equipo, se despide de nosotros su jefe y comienzo a hablar con mi nuevo superior. Revisamos cuestiones técnicas —el proyecto en el que iba a estar, el repositorio, Git/GitHub, los lenguajes y frameworks que conocía, etc—. Preparó mi equipo con algunas cosas y finalmente me lo entregó. Me dijo que instalara Visual Studio y Git —este último directamente desde internet, dado que en general el software que se descarga se tiene que solicitar mediante tickets dentro de un portal interno de la empresa—. Pasó el rato, vimos más cosas técnicas relativas al proyecto, me explicó en términos generales para qué lo usan, qué es lo que iba a estar haciendo, etc. Como era lunes, poca gente iba a la oficina —casi todos estaban en modalidad híbrida, herencia del COVID-19—, por lo que no me tocó conocer personalmente a nadie más de los compañeros con los que iba a trabajar. En fin, así fue el primer día de mi trayectoria profesional.

Los días, las semanas y los primeros dos meses y medio, entre mediados de octubre y principios de enero del año siguiente transcurrieron sin muchos sobresaltos, con una creciente dedicación a lo técnico; comencé a adentrarme más al proyecto, me fueron asignando diversas tareas con una complejidad ligeramente creciente y me consagré más a la técnica. Al mismo tiempo iba conociendo a algunos de mis compañeros, que por diversas razones iban a la oficina, sea porque tuvieran que usar algún hardware de los laboratorios —después de todo, el departamento donde estaba era testing, en el que las pruebas de software y hardware están a la orden del día—, sea porque les tocaba ir, sea por cualquier otra razón. Si la empresa es predominantemente técnica, lo administrativo funciona paralelamente: los administradores de proyecto hacían regularmente acto de presencia en el site, es decir, en la oficina, y en las más de las ocasiones compartían lugar con los ingenieros, se sentaban a un metro de distancia los unos de los otros. Es así como tuve una de mis primeras experiencias inolvidables de mi tiempo de becario: en el lugar a mi lado se sentaba una administradora de proyecto que, a los cinco minutos de verla trabajando, daba la impresión de que transpiraba prisa. Prisa al llegar y comenzar el trabajo, prisa para entrar a las reuniones y hablar en ellas —huelga decir, siempre en inglés a la presencia de al menos una persona extranjera—, prisa para irse a hacer sus cosas personales. Experiencia notable, dada la admiración y repulsión que ejercía esa figura en el autor de este texto. Admiración por el grado de inteligencia y productividad a la hora de desempeñarse en su trabajo, niveles que quien esto escribe probablemente nunca alcanzará, y la repulsión inevitable experimentada por un temperamento meditativo, dado más bien a la reflexión, cuando se topa a una persona totalmente insertada en los designios de eficiencia y productividad, sin detenerse al menos cinco minutos para cuestionarse el para qué de esa lógica.

Si lo que ocupaba mi tiempo era en su mayoría la parte técnica, lentamente va desarrollándose como telón de fondo una suerte de insatisfacción y eventual rechazo de la cultura laboral en primer término y del estilo de vida a mis ojos de entonces excesivamente consumista y neoliberal en rasgos más generales. Es en aquellos días de diciembre y enero que experimenté una de las sensaciones más extrañas y tristes de toda mi vida, ajena a mí hasta ese momento: un vacío casi existencial al estar en la oficina, escuchando el remix de Bruno Be de la canción Standing on the Shore de Empire of the Sun y preguntándome ¿Por qué todo el mundo anda con prisa, en sus cosas, sin detenerse un minuto a reflexionar sobre el telos de todo esto? Es un progreso indiscutible lo que se hace en mi área, pero, ¿Progreso, para qué? ¿Vale la pena asimilar tan profundamente esta racionalidad sabiendo que ni la técnica ni la acumulación de capital son actos ni categorías trascendentes? ¿Dónde quedaron la camaradería informal, auténtica y espontánea de la universidad? Vacío por estar en un ambiente que sabía que no era el mío, ajeno, inclusive opuesto a la racionalidad académica, al conocimiento en aras del conocimiento mismo, a un pensamiento crítico que analice y desarticule la mezcla avasalladora de tecnología y neoliberalismo.

Como buen lector de El corazón delator de Edgar Allan Poe, la angustia y el malestar personal se volvieron insoportables —aunque sin el menor rastro de culpa, a diferencia del protagonista del cuento— y terminé por hablar al respecto con mi mentor. Le expuse el tema, mi presentimiento explicado de una manera poco clara —reflejo de la ambivalencia del malestar mismo—, insinué la idea de que no estaba a la altura, no de la posición de becario, sino de todo el sistema y le pedí una cierta orientación. En términos generales me dijo que continuara con mis actividades, lo cual hice, pues la opción de renunciar resultaba poco atractiva, dado que la empresa que administraba los becarios tenía convenio con la universidad, lo que significaba que prácticamente en automático se me acreditaba mi estancia de becario como prácticas profesionales, al inicio del nuevo semestre, aunado a que recibía una beca de aproximadamente 6,500 pesos mensuales y la planta quedaba a veinticinco minutos caminando a mi casa, mientras que si optaba por hacer las prácticas profesionales en una empresa asignada por la universidad lo haría a costa de perder la cercanía al lugar de trabajo y el apoyo económico.

Para mi parcial sorpresa, pues intuía que esa charla iba a trascender dado que fueron unos cuarenta o cincuenta minutos hablando frente a frente en la oficina, sin distracciones, unos días después vino a mi lugar el jefe de mi mentor, quien era me parece el líder de equipo donde estábamos, y me dijo algo así como oye, ¿que no estás a gusto? —cito de memoria—. Le expuse de una manera resumida lo que le dije a mi mentor, pero con el mismo grado de ambigüedad —que me sentía algo incómodo, tenía la sensación de no estar a la altura del sistema, que yo quería originalmente dedicarme a sistemas embebidos como un amigo que estaba en la misma planta pero en otra área, etc— y nuevamente, si mi memoria no falla, me dijo que como tal podía cambiarme de área, pero que eso dependía de recursos humanos o de la empresa que administraba a los becarios y que lo iba a revisar. Al final me quedé donde estaba. Días después, a finales de enero o principios de febrero me buscó el jefe del jefe de mi mentor quien evidentemente ocupaba una posición más elevada, era el jefe de una de las subáreas del área donde estábamos en la empresa. Nuevamente, misma historia, le expliqué lo mismo que al jefe de mi mentor, pero si mi memoria no me falla, ya a este nivel el asunto cayó en saco roto, por la parte de mis superiores no hubo cambios, y continué con mis actividades normales. En términos generales, y con las salvedades de las imprecisiones por citar de memoria, so ist es gewesen. 1

Vista en retrospectiva, esa charla en primer término era una petición de orientación, pero ulteriormente un reconocimiento de que no iba a quedarme allí después de mi estancia como becario.

Las ideas y la crítica

La narración es hasta este punto de carácter netamente autobiográfico, exenta en su mayor parte de reflexión teórica y si no fuera por la experiencia que sucedió a las charlas con mis superiores y que ocurrió en esencia entre febrero y abril, no pasaría de meras vivencias de alguien poco cualificado para ser desarrollador de software en una empresa de talla global.

A lo largo de enero y febrero, motivado por mi permanente curiosidad intelectual, mi necesidad de reflexionar las cosas echando mano de categorías teóricas construidas con mayor o menor rigor y, es menester reconocerlo, gracias a mis largos ratos de ocio, encontré en internet una tesis doctoral de la Universidad Complutense de Madrid, escrita por un tal Daniel Gustavo Abraldes y publicada en 2018, es decir, cinco años antes en aquel entonces. 2 El título de la obra parecía responder exactamente a mis inquietudes intelectuales de aquellos días, el neoliberalismo como sistema que entra en la sociedad y logra una sinergia en el mundo de la tecnología y en lo relacionado a la acumulación de capital.

Tesis eminentemente teórica, basada principalmente en las obras de Antonio Gramsci y sus teorizaciones sobre la hegemonía cultural y la revolución pasiva, Reinhart Koselleck y sus estudios sobre la Begriffsgeschichte; y los avatares de la burguesía de los siglos XVII a XIX en su largo camino para imponerse frente a los sistemas absolutistas de la época —y paralelamente dar paso al homo œconomicus— y Michel Foucault con las nociones de biopolítica, panóptico y gubernamentalidad, la obra toma por objeto de estudio la denominada hegemonía neoliberal, el proceso por el cual la lógica de un hombre económico, racional y calculador de sus propios intereses se extiende de la esfera tradicionalmente económica donde surgió hacia ámbitos distintos de la vida, reestructurando todo, desde el Estado, las relaciones sociales y la educación, con el fin de crear individuos (más) atomizados, calculadores, egoístas en fin, un cierto (neo)totalitarismo de mercado.

¿(Neo)totalitarismo de mercado? Concepción polémica —herética, si se quiere— pero al mismo tiempo estimulante, dado que las teorizaciones clásicas del fenómeno totalitario elaboradas en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado por Hannah Arendt, Carl Friedrich y Zbigniew Brzezinski principalmente lo percibían como un fenómeno esencialmente político (monopolio de los medios de comunicación masiva por parte del Estado, presencia de una ideología oficial, unipartidismo, etc.), partiendo de las experiencias del nacional-socialismo en Alemania y el comunismo en la Unión Soviética — notablemente bajo la dirección con puño de hierro de Stalin—. En estos modelos, generalmente formulados desde una posición liberal, el totalitarismo es un fenómeno esencialmente político, mientras que el mercado, institución por antonomasia de las economías de los países industriales avanzados tiende a estar exenta de las posibles derivas totalitarias, de la posibilidad de devenir una lógica omnipresente, implacable en la sociedad. En pocas palabras, el totalitarismo proviene de lo político, mientras que lo económico permanece ignorado como una posible fuente del fenómeno. Si en su concepción del totalitarismo el autor de la disertación doctoral no falta en citar a los clásicos del estudio del fenómeno —sobre todo a Arendt—, complementa su reflexión del fenómeno con el pensamiento de Claude Lefort, filósofo francés quien, proveniendo de una tradición marxista, se dedicó a partir de mediados de los sesenta, y sobre todo en la década de los setenta del siglo pasado, a un estudio relativamente novedoso de la lógica totalitaria, estudiando los vínculos entre democracia y totalitarismo. Lefort es uno de los principales representantes de la llamada corriente antitotalitaria en la intelectualidad francesa, quien junto a figuras como Cornelius Castoradis, Marcel Gauchet y Pierre Rosanvallon —todos con orígenes en la izquierda— no titubeaban en considerar a la Unión Soviética como un implacable sistema totalitario, algo que entonces no agradaba mucho a la intelectualidad marxista en Francia. Según las glosas de Gustavo Abraldes y de otros autores leídos por el autor de estas líneas, Lefort concebía al totalitarismo, notablemente en su versión soviética, como uno de los posibles productos del espíritu democrático, el otro, las democracias liberales de Occidente. ¿Democracia liberal y totalitarismo como productos compartiendo la misma raíz del espíritu democrático? Idea fecunda, sin duda, si uno considera lo habituados que estamos a considerar a las democracias occidentales como la antítesis de los sistemas totalitarios.

Si la idea de un (neo)totalitarismo de mercado es en sí misma interesante, dada la relativa inocencia de que goza el mercado cuando se trata de encontrar a los sospechosos de la lógica totalitaria, el argumento central de Daniel Gustavo Abraldes al estudiar la hegemonía neoliberal no se comprendería cabalmente si no se trae a colación la otra fuente de su interpretación: las obras de Michel Foucault, Christian Laval y Pierre Dardot, (quienes a su vez se basan en Foucault).

En efecto, acostumbrados como estamos a las críticas que las izquierdas formulan contra el neoliberalismo, este es identificado como el último avatar del capitalismo, el producto —¿no sería más bien el origen?— del giro conservador de los años ochenta, notablemente en Estados Unidos bajo Ronald Reagan y Reino Unido con Margaret Tatcher, giro asimilado generalmente a las privatizaciones del sector estatal, al desmantelamiento del Estado del bienestar, a las ofensivas contra los sindicatos, etc.

Los procesos que acabamos de mencionar son sin duda los elementos más visibles durante la década de los ochenta, dado que después de todo, desde finales de los setenta numerosos observadores de las transformaciones ocurridas desde aquellos años concuerdan en que algo cambia: agotamiento del Estado del bienestar, fin de los treinta gloriosos, fin del capitalismo de posguerra, fin del pacto socialdemócrata, etc. No obstante, si el neoliberalismo es pensado ante todo como la teoría económica que subyace al desmantelamiento de estado benefactor y las consecuentes privatizaciones, los análisis de Foucault, Laval y Dardot retomados por el autor de la tesis doctoral complementan su argumento respecto a un (neo)totalitarismo de mercado.

Dejemos hablar a Abraldes en un pasaje revelador sobre la universalización de la forma-empresa:

Lo que ni Foucault ni los neoliberales parecen poder prever en los años 70 u 80, es que, llegado el momento, también el Mercado podrá revelarse como una totalidad tanto o más asfixiante, inflexible y difícil de contrarrestar que cualquiera de los soberanos que lo hayan podido preceder en el terreno del pluriverso político. De hecho, para ello sólo hará falta una cosa. Que su (praxeo)lógica se generalice, y alcance cada vez más agentes y cada vez más esferas de lo social. Del individuo al Estado, de lo público a lo privado, de lo íntimo a lo común, la universalización de la forma-empresa apunta a ello mismo, y, como tal, no es sino el correlato subjetivo de lo que sería la totalización —ahora sí, objetiva— de la forma-Mercado. Si ese punto se alcanza y la forma-Mercado se descubre finalmente como lo que es — v.g. la forma-Máquina—, entonces sí, su lógica podrá acabar revelándose como una lógica disciplinaria, que multiplicando su sesgo ad infinitum, hace finalmente imposible la libertad. 3

Es esta universalización de la forma-Mercado, es decir, de la lógica del capital y de la competencia a todas las esferas de la vida individual y social lo que caracteriza al neoliberalismo como una racionalidad antes que una mera teoría económica. Los simpatizantes del neoliberalismo podrían argüir que este nuevo conjunto de valores que se apoderan del individuo son un triunfo que representa la victoria de la sociedad y del individuo sobre las formas de coacción y autoritarismo que tanto caracterizaron al siglo XX, y así, el individuo devenido emprendedor, libre, sin ataduras, arquitecto de su propio destino, etc. llega finalmente al fin de la Historia. Precisamente este nuevo hombre líquido constituye la materia prima del neoliberalismo, de modo que en vez de emanciparse a través del Mercado, el sujeto neoliberal se convierte en el objeto de una brutal gubernamentalidad poshistórica Citemos in extenso a Daniel Gustavo Abraldes:

Deconstruir al ciudadano para reconstruirlo como homo œconomicus. Así resolverá el neoliberalismo el verdadero enigma de una gubernamentalidad poshistórica. De ello es de lo que se trató siempre, en esencia la gubernamentalidad neoliberal, y de ahí también que su evidente hostilidad siempre haya estado dirigida contra lo público, y no en cambio, como se creyó en algún momento, contra el Estado, de cuyos aparatos el neoliberalismo siempre hará uso intensivo. Ahora bien, si toda esta operación resultó tan exitosa como tuvimos ocasión de ver, ello no fue porque el discurso neoliberal fuese especialmente pregnante —en realidad, según vimos en otro capítulo, su base doctrinal no era nada novedosa—, sino más bien porque, como ya ha sido dicho, nunca antes el biopoder había tropezado con una materia prima tan propicia.

En efecto, en la medida en que es más individuo natural que ningún otro precedente histórico suyo, el individuo de finales del siglo XX será, por ello mismo, el sujeto perfecto para esta nueva semiología del poder de corte abiertamente naturalista que es el neoliberalismo. Allí donde falta el sueño público y la memoria colectiva... allí, exactamente allí, es donde surgirá como resorte de gubernamentalización, el deseo. En defensiva, el neoliberalismo no será sino esa forma de gubernamentalidad pulsional que hace juego con el hombre líquido del que nos habla, en sus textos, el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman.

Bien, ese es básicamente el individuo que produce el neoliberalismo en su primera fase de desarticulación dionisíaca. Pero lo que comienza a advertirse del 2008 en adelante es lo que quizá entonces había sido concebido como un mero gesto defensivo —una manera de interrumpir el camino hacia el comunismo implícito en el modelo keynesiano-fordista—, ahora podía dar lugar en cambio a una contraofensiva burguesa de lo más intensa. En efecto, desconectado de todo cuerpo común, aislado en su soledad de superviviente y reducido de este modo a su más elemental animalidad, ahora el individuo podría prestarse muy probablemente a cualquier cosa. Palanca de una gubernamentalización indefinida y sin contrapesos de ningún tipo, ¿qué podría detenerlo después de todo en su afán de conservar la vida? ¿Qué miramientos, qué empatías podría distraerlo de tamaño objetivo? 4

Cita larga, es verdad, pero que pone de relieve la gubernamentalidad indefinida y casi total a la que está sometido el hombre líquido, flexible, moderno, sin gravedad que ha asumido la racionalidad neoliberal...

Llegados a este punto, habiendo delineado a lo largo de estas páginas las reflexiones intelectuales sobre la cuestión del neoliberalismo, es fácil dilucidar el argumento central del presente artículo. Las experiencias vividas por el autor de estas líneas a lo largo de los siete meses de becario corresponden efectivamente a una cultura laboral moderna, acorde a las exigencias de la tercera década del siglo XXI, innovadora, productiva... Pero todo ello tiene lugar con el telón de fondo de una racionalidad neoliberal que encuentra en la empresa una de sus principales correas de transmisión. ¿Detrás de la insidiosa invitación a construir la movilidad del mañana no se esconde un esfuerzo por despojar a los individuos —de por sí ya atomizados— de la memoria y de la noción del pasado? ¿No es la flexibilidad de los lugares de trabajo, de horario, de modalidad de trabajo inclusive, síntoma de una ausencia de gravedad, de identidad propia y de especificidad de los desarrolladores? ¿Detrás de las incitaciones a una eficiencia y a una productividad siempre crecientes no se encuentra la deconstrucción, no ya del ciudadano, sino de la persona, para reconstruirla enteramente como un homo œconomicus? ¿No son los letreros en los pasillos con leyendas como build the future o the future in motion los herederos lejanos de la propaganda soviética de los años 20 y 30 con frases como вперёд, к поведе коммунизма!? 5 ¿No son, en suma, el mejor desarrollador, la mejor administradora de proyecto, el mejor líder de equipo, el mejor líder de área productivos, eficientes, adaptables, abiertos a nuevos retos, otra cosa que la realización palpable de la gubernamentalidad neoliberal sobre el sujeto flexible, atomizado, dispuesto a cualquier cosa con tal de sobrevivir? Así, ahora es evidente que el desarrollo de software en empresas de talla global, para la clase media en México, no es otra cosa más que el despliegue de un neoliberalismo prácticamente sin contrapesos, sin resistencias, que conduce a los sujetos dominados hacia una gubernamentalidad indefinida y un venidero (neo)totalitarismo de mercado.

Posdata

He escrito estas líneas por la necesidad de dejar constancia de mi primera experiencia en el ámbito empresarial —aunque fuera meramente como becario—, experiencia tanto más enriquecedora cuanto que las reflexiones intelectuales llevadas a cabo los sábados y domingos en la soledad de mi habitación se veían confirmadas empíricamente entre semana cuando asistía a la oficina, inspiración que me motivó desde hace años a escribir el presente texto.

Algún filósofo dijo que escribir Historia era la mejor manera de deshacerse del pasado. Tomémosle la palabra, aunque este breve artículo no sea una obra consagrada a Clío. Sirva este texto para superar la experiencia aquí narrada —superar en el sentido de asimilar lo positivo y neutralizar lo negativo— y correr con mejor suerte la próxima vez.

Fin de texto
  1. Lit. así ha sido.
  2. Daniel Gustavo Abraldes, La hegemonía neoliberal. Historia de un simulacro, Tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid, Madrid, 2018. https://hdl.handle.net/20.500.14352/15799.
  3. Abraldes, La hegemonía neoliberal, op. cit., p. 296. Subrayado en el original.
  4. Abraldes, La hegemonía neoliberal, op. cit., pp. 252-253. Subrayado en el original.
  5. Lit. ¡hacia adelante, hacia la victoria del comunismo!.